ÚLTIMO MONTAJE DE «PLA DE TEATRE»

No hay papel pequeño

Esta frase me acompaña desde el miércoles, 20 de marzo, el día en que los que participábamos en el montaje de Antaviana veíamos por primera vez la obra en su conjunto, y descubríamos con asombro y admiración no solo lo que habían estado preparando los demás, sino que lo nuestro, por pequeño que hasta ese momento nos pudiera parecer, adquiría, como parte de un todo, su auténtico sentido, su justo valor.

Me lo podía haber imaginado, pues ocurrió lo mismo en el primer ensayo general de La Nit de Sant Joan, hace casi tres años. Sin embargo, haberlo previsto no me evitaría, por suerte, el sentimiento que la experiencia teatral me ha despertado siempre y que también he experimentado en esta ocasión: la sorpresa. Lo inesperado descansa en la trastienda de cualquier expresión artística y su destinatario lo acoge como un regalo que ensancha e ilumina el instante presente. Después también la cotidianidad se percibe de un modo distinto. Algo ha sucedido. Algo casi inefable, difícil de describir, pero estimulante y real.

Tras varias indagaciones y comentarios con otros compañeros, ya sé que Antaviana carece de hilo conductor, lo cual justifica que algunas escenas no se comprendan del todo, sin que ello le impida al espectador ser capaz de disfrutar de cuanto ocurre sobre el escenario, encandilado por la música, a ratos melancólica, a ratos alegre y traviesa; hechizado por el baile, contagioso y deslumbrante; conmovido por la dulzura y añoranza de las canciones, al compás de las olas o de la nieve que cae tras la ventana; guiado por los actores que dan vida a personajes variopintos, desde un silencioso arlequín hasta un hada de los deseos, junto con otros que hallan aquello que perdieron en un extraño jardín, inventan palabras hermosas, explican por qué roban o matan, se pelean con su conciencia, o reciben la visita de Papá Noel en su celebración familiar de la Navidad… No es imprescindible un hilo conductor convencional cuando la atención de quien mira y escucha ha sido encendida por la sorpresa, la de estar formando parte de algo bien hecho, bello y armónico, el producto final de largas semanas de trabajo en que se han ido ensayando, poco a poco, los fragmentos de la definitiva transformación.

Al día siguiente, el jueves, tuvo lugar un nuevo ensayo general, esta vez en el gimnasio del instituto, con algo parecido a un escenario, con decorado y vestuario incluidos. Joan, nuestro director, nos dijo que podíamos sentarnos donde quisiéramos y disfrutar, y eso hicimos. Ensayamos nuestra actuación y fuimos espectadores de todo lo demás. Tomamos nota de los fallos cometidos, repetimos entradas y salidas, probamos saludos, nos reímos, nos emocionamos, pasamos un rato estupendo adquiriendo conciencia de pertenecer a un engranaje en el que cada papel, cada objeto del atrezo, cada movimiento eran importantes. De pronto, esa escena repetida una y otra vez, esa melodía, esa canción, ese baile se habían convertido en una pieza necesaria en un gran proyecto que nos implicaba a todos.

La cosa se puso seria en el único ensayo general que hubo en el lugar del estreno, el Salón de Actos del Colegio Salesianos, el viernes por la mañana. Ya no podíamos ser espectadores de los otros; debíamos concentrarnos en nuestro papel y responsabilizarnos de lo que estaba en nuestras manos. Nos moveríamos silenciosos, con sigilo, a los lados y por detrás del escenario, atentos al momento en que debíamos intervenir. Es verdad que contábamos con la imprescindible ayuda del regidor, Javier Ortega, pendiente de todos los cambios de escena, de las irrupciones de los actores, de los innumerables objetos que había que colocar y retirar en el instante preciso, organizados y custodiados celosamente por él. Y aquello fraguó, adquirió una prometedora forma y nos infundió la seguridad de que el estreno iría mejor que bien. Al final del ensayo, Joan pronunció la palabra mágica: «Fantàstic!». Eso dijo. Y su efecto caló en nosotros con el poder de un talismán.

Sabemos que el público ―atento, cómplice y generoso— disfrutó mucho tanto el viernes como el sábado. Lo mismo nos pareció el miércoles 27, Día Mundial del Teatro, en la Sala Arniches. Lo sentimos al escuchar sus risas, sus aplausos, sus comentarios posteriores. El montaje gusta, emociona, sorprende. Seguimos buscando una explicación a esta escena, a ese símbolo, a aquel personaje… No tengo ninguna duda de que al final daremos con ella y, mientras la buscamos, nos entretenemos en recordar esos días tan intensos…

Ahora solo falta dar las gracias a todos en nombre de los demás. Absolutamente a todos, cualquiera que haya sido su tarea: actuar, inventar una coreografía, bailar, narrar, estudiar la música e interpretarla, cantar; idear y elaborar el decorado, diseñar y producir carteles y programas; analizar a cada personaje y construir su caracterización con vestuario, maquillaje y peluquería, y hacerlo en cada representación con idéntico esmero; componer el atrezo y organizarlo, ordenar entradas y salidas de los intervinientes; acarrear bultos de un sitio a otro, montar y desmontarlo todo, recoger, limpiar, guardar, cargar y descargar la furgoneta y los coches que transportaban los enseres… He dicho todos; sin embargo, me parece justo destacar y agradecer especialmente la labor de cada uno de los coordinadores de las diferentes facetas que componen un espectáculo tan complejo, pues nunca es fácil mover a un grupo de personas y conducirlo a un empeño común.

Y llega la traca final, querido Joan, dedicada a ti. He comenzado afirmando que no hay papel pequeño, que todos son importantes y necesarios, y lo reitero. Pero si alguno ha sido imprescindible, inmenso, admirable, ha sido el tuyo. Y aquí es donde las palabras se quedan cortas para darte las gracias por todo lo que nos has regalado: tu trabajo, tu entrega, tu generosidad, tu paciencia, tu profesionalidad… Ha sido un privilegio contar contigo en los dos montajes, La Nit de Sant Joan y Antaviana. Aún no nos ha abandonado la emocionante sorpresa de haber formado parte de algo tan bonito, que nos ha hecho experimentar y transmitir a otros unas horas de inexplicable felicidad.

Gracias, Joan. Nunca lo olvidaremos. «Fantàstic!», dijiste, y ahora, en nombre de todos y de corazón, deja que lo diga yo: «Tu sí que n’ets, de fantàstic!».

Josune

31 de marzo de 2019

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